Ser estudiante: no saber que no entiendes.

Más de 40 estudiantes en un aula, uniformados con camisa planchada y falda larga, uñas cortas y lisas, cabellos recogidos o cortados sin ninguna intención de llamar la atención, cabeza gacha mirando un tablero por horas; manteniendo un orden que no es más que silencio de aburrimiento y un supuesto respeto por quien habla, que en otras palabras más sinceras, es desinterés. Militarizados, despojados de alguna identidad que los diferencie y cansados de lo que una vez les presentaron como conocimiento, pasan por la escuela para terminar una formación que adiestra al futuro trabajador para que viva satisfecho con una falsa libertad.
Entre los objetivos de estudiar nos vendieron el típico de que nos prepara para la vida, es por eso que cumpliendo con este propósito, un estudiante graduado de bachillerato sabe analizar un texto o situación vivida, (entendiéndose analizar como una repetición de argumentos de autoridad). Por otra parte, son personas conectadas con su cultura e historia, aprendieron fechas y escribieron durante años cientos de páginas dictadas con nombres largos que parecían importantes, causas y consecuencias de guerras; aunque no sepan cómo se ven los rostros en un conflicto ni lo que implica que un territorio esté es crisis.
Graduarse de la escuela es lograr transcribir párrafos en minutos, memorizar nombres para el día del examen, resolver ejercicios matemáticos a través de procesos donde solo se reemplazan números sin saber de dónde vienen, conocer todo lo que dice Wikipedia sobre un escritor aunque no se hayan leído sus obras, repetir en una exposición lo que decía el texto del profesor y sobre todo es, saber callar y quedarse con la idea de que el conocimiento es inútil y no vale la pena preguntarse el mundo si ante la mínima duda la respuesta se queda en banalidades.
Educación es esa palabra bonita que surge cuando hablamos de un mundo mejor, viéndola como solución y necesidad; lo que nos falta incluir en el discurso son los diversos tipos de educación y como la misma ha sido herramienta de adiestramiento, reconocerlo es el primer paso para enfrentarlo.
Pensar la escuela como espacio de emancipación requiere de esfuerzos y constantes decisiones políticas si lo que se quiere algún día es hablar de estudiantes que disfrutan y utilizan el conocimiento, sujetos que se apropian del mundo. 




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